La Tertulia de Granada
Historia de un bar donde la cultura encontró su casa
La Tertulia: génesis de un sueño (1976-1980)
Hay lugares que nacen por casualidad y otros que llegan al mundo porque una época y un espacio los necesita. Con La Tertulia confluyeron esas motivaciones y por supuesto hubo una persona adecuada que supo darle forma e intensidad.
El 19 de abril de 1980, La Tertulia abrió sus puertas como bar-librería, como un guiño a la utopía. Y al poco tiempo, sin que nadie pudiera explicarlo muy bien, se convirtió en el centro del universo cultural granadino. Si algo pasaba, pasaba allí; y si no pasaba nada, siempre estaba La Tertulia para que algo empezara a ocurrir. El periódico El País le dedicó un gran espacio por la originalidad de la propuesta para aquella época y por los acontecimientos que en ese pequeño espacio empezaban a ocurrir.
Los Años 80: El tiempo de los poetas, el tiempo de la esperanza
La década de los 80 fue, para la Granada que salía de la dictadura una época de gran demanda y oferta de cultura y espíritu crítico. La Tertulia fue el espacio que se asomaba a esa ciudad con un hambre insaciable de cultura y libertad. Fue entonces cuando el profesor de literatura Juan Carlos Rodríguez, apareció en La Tertulia y se convirtió en un cliente asiduo y en amigo de Tato Rebora, creador de la Tertulia. Con Juan Carlos llegaron sus discípulos: Luis García Montero, Javier Egea, Álvaro Salvador, Antonio Jiménez Millán y enseguida se agregaron Ángeles Mora y Teresa Gómez. Eran jóvenes, tenían versos escritos y por escribir y la certeza de que el porvenir podría presentar un mundo mejor. En las mesas de mármol de La Tertulia —las mismas que hoy siguen allí— gestaron el manifiesto de La Otra Sentimentalidad que dio forma a un movimiento literario que sacudió la poesía española y puso a Granada en el mapa de la lírica contemporánea.
"Tuvimos que crear una educación sentimental distinta", recordaba García Montero. Y lo hicieron en aquel local, entre copas y madrugadas, entre risas y discusiones encendidas. Allí se conocieron, se pelearon, se reconciliaron y, sobre todo, construyeron una forma de entender la poesía que ya no tenía que ver con el verso perfecto y sí con la vida misma. Allí conocieron a Joaquín Sabina con quien germinó una amistad que aún permanece. Un Joaquín Sabina, con su pelo largo de entonces, cuando aún no se podía suponer que se iba a transformar en una de las figuras más prominentes de la canción de autor española y que se proyectaría también a toda Latinoamérica.
Pero no solo los poetas locales encontraron su casa. La Tertulia se convirtió en el punto de encuentro de toda aquella disidencia cultural que la transición había puesto en la calle. Y los nombres empezaron a desfilar como en un sueño: Rafael Alberti, que regresó a Granada en 1982 y, tras leer sus poemas en una plaza multitudinaria, se sentó en La Tertulia para hacerlo en la intimidad, con los brazos abiertos, como si abrazara a cada uno de los presentes. Ángel González, que se hizo amigo del lugar y no dejó de venir hasta que la muerte lo separó de sus copas y sus amigos. Fueron desfilando casi todos los poetas de aquella luminosa generación del 50, pasaron por allí Jaime Gil de Biedma, José Hierro, José Caballero Bonald, Francisco Brines, Juan Goytisolo, la mayoría de ellos convocados por otro de los imprescindibles de la cultura de Granada y otro gran amigo de La Tertulia, Mariano Maresca. Él fue quien organizó desde la revista Olvidos (nacida en La Tertulia) un encuentro de los escritores de la generación del 50 todos ellos encontraron en aquellas paredes un refugio para sus versos y sus silencios.
Enrique Morente, el genio del flamenco y de la vida, fue de los artistas más amigos y comprometido con La Tertulia, era de los que llegaban pasada la medianoche y pedía su botella de Chivas, la que guardaba un cartelito con el nombre de su amigo, el gato Félix. Recuerda Daniel Rodríguez Moya, que entonces trabajaba tras la barra, que "le gustaba echarse sus partidas de ajedrez. En una época le dio por hablarme de Juan Ramón Jiménez; estaba preparando su disco “Mi Cante y un Poema” y estaba fascinado con él".
También pasaron por allí José Agustín Goytisolo, Mario Benedetti, José Manuel Caballero Bonald, Claudio Rodríguez. Y con ellos, los jóvenes que aún no eran tan conocidos, como: Antonio Muñoz Molina y Almudena Grandes. La historia cultural de Granada se escribía entre esas cuatro paredes, y Tato Rebora, con su sonrisa de hombre que sabe que está haciendo algo importante, miraba la escena y se preguntaba cómo había tenido tanta suerte.
Los Años 90: De la poesía al tango y la consolidación de la leyenda
La década de los 90 trajo consigo el cambio de siglo, pero también el relevo generacional y la ampliación de horizontes. La Tertulia ya no era solo el bar de los poetas; era el escenario de todo lo que en Granada tenía que ver con la cultura.
La poesía seguía siendo el alma, pero las guitarras empezaron a ganar terreno. El espacio, que siempre había sido un hervidero de ideas, se abrió a la canción de autor con la misma generosidad con que había acogido a los versos. La presencia de cantautores como Paco Ibáñez, Javier Krahe y Javier Ruibal dejaran momentos memorables para la historia de La Tertulia. La programación, que ya era intensa, se hizo casi diaria: recitales, conciertos, presentaciones de libros, teatro, debates.
Y en aquellos años, Tato incorpora el Tango a La Tertulia y a la ciudad, entendiendo que podía utilizarse no solo como una forma de nostalgia, sino también como un instrumento de integración urbana. Y así nació el Festival Internacional de Tango de Granada, que con los años se convertiría en el más antiguo de Europa y del mundo junto al de Montevideo.
El Festival comenzó modestamente, pero pronto se convirtió en un evento de referencia. Por La Tertulia pasaron figuras legendarias como Roberto Goyeneche, Eladia Blázquez, Osvaldo Pugliese, Adriana Varela. Y cada vez que el Tango sonaba en el local, la ciudad parecía detenerse. Tato, que entendía la cultura como un puchero donde todo se mezcla, había logrado integrar la poesía, la música y la danza en un mismo espacio y con un mismo espíritu.
Mientras tanto, la poesía seguía dando sus frutos. Nuevas generaciones de jóvenes poetas se asomaban a la barra de La Tertulia y encontraban allí el calor necesario para crecer. Daniel Rodríguez Moya, Fernando Valverde, Javier Bozalongo, Juan Carlos Abril, entre otros, fueron tomando el relevo de aquellos que habían hecho del lugar un santuario de la palabra. Y el movimiento seguía vivo, aunque los tiempos cambiaran y las nuevas tecnologías empezaran a asomar la cabeza.
Los años 90 consolidaron la leyenda. La Tertulia no era solo un bar, ya parecía una institución. Y aunque la poesía había dejado paso en parte a la música y las guitarras sonaban con más fuerza que los versos, el lugar seguía siendo el mismo. Las paredes, llenas de fotografías y carteles, contaban la historia de una ciudad que había decidido vivir la cultura como una aventura colectiva.
Los Años 2000: El siglo nuevo, viejos amores y la lucha por la supervivencia
El nuevo siglo trajo consigo cambios que nadie supo prever. Los hábitos de consumo empezaron a transformarse. La gente ya no trasnochaba como antes. Beber hasta las tres de la mañana, que en los 80 y 90 era un modo de vida "incluso admirado", empezó a verse con otros ojos. La cultura del bienestar, el auge de lo saludable, las nuevas formas de ocio digital… todo conspiraba contra aquellos bares que habían hecho de la noche y la copa su razón de ser.
En 2009, cuando La Tertulia cumplió 30 años, se organizó un mes de celebraciones, una noche para cada año, con la intención de reavivar la llama. "Se trata de transitar por tres décadas de La Tertulia", explicó Tato Rebora.
Enrique Morente volvió al escenario, los poetas de todas las generaciones se reunieron y el local, durante un mes, volvió a ser el hervidero de otros tiempos. Fue un canto de cisne, aunque entonces nadie lo supiera.
Aquel mismo año tomó forma la idea de publicar un libro, Memoria coral de 30 años de Tertulia, un intento de dejar por escrito todo aquello que aquellas paredes habían visto. «Acepta la propia distorsión de la memoria», decía Rebora, consciente de que el recuerdo siempre es una versión, nunca la verdad completa. Pero quería que quedara constancia. Para bien o para mal, La Tertulia estaba ligada a cada uno de los momentos históricos de Granada.
Los años pasaron y la economía empezó a apretar. El alquiler, los gastos fijos, la bajada de consumo… Rebora, ya con más canas que sueños, fue viendo cómo el negocio se convertía en una ruina. "Llevábamos años siendo un éxito cultural y una ruina como negocio", confiesa. La programación seguía llena, las actividades gratis llenaban el local, pero la barra apenas se movía. "Muchas personas lo perciben más como un lugar cultural que como un bar", explica Pablo Rompe, el socio que se hizo cargo del local en 2021.
Aquel año, 2021, fue un intento de rejuvenecimiento. Pablo Rompe, un hombre con energía y ganas, tomó las riendas de la gestión, mientras Tato se iba retirando poco a poco. Pero la pandemia había hecho mucho daño. Y los hábitos de consumo, lejos de recuperarse, empeoraron. "No es que andemos buscando dipsómanos, pero sí personas que durante la actividad a la que acuden consuman, y luego se queden haciendo, precisamente, tertulia, y sigan consumiendo", dice Rebora. "Es muy difícil modificar ese hábito".
2026: El cierre anunciado y la esperanza de una asociación
El 7 de abril de 2026, la noticia se extendió por Granada como un reguero de pólvora: La Tertulia cerraba. El 30 de mayo, después de 46 años de historia, bajaría la persiana para siempre. La deuda acumulada, los gastos fijos, el alquiler, la falta de consumo… todo se había vuelto insostenible. “Si La Tertulia hubiera tenido la misma afluencia de público que está teniendo desde que anunciamos que cerraríamos, no habríamos llegado a esta situación” admitió Rebora con una irónica melancolía.
El anuncio tuvo un efecto inesperado. La ciudad reaccionó. El punto de partida de un proceso de recuperación de La Tertulia se culminó con el mejor “no final” posible fue con un artículo de Andrés Neuman donde afirmaba: “La Tertulia se merece sobrevivir porque la necesitamos, porque nada podrá reemplazarla, porque se lo debemos por su aportación a la ciudad y a la vez nos lo debemos por todo lo gozado. Mucho mejor que llorarla seria salvarla.”
Las redes sociales se llenaron de mensajes de apoyo. Y el bar, que llevaba años con poca afluencia, empezó a llenarse de nuevo. Volvieron los clientes de siempre, los que habían hecho de La Tertulia su hogar, los que tenían el pelo y las barbas plateadas pero seguían guardando en el corazón aquellos años de poesía y trasnoche. Y también llegaron los jóvenes, los que habían oído hablar del lugar pero nunca se habían sentado en sus mesas. "Te das cuenta de que La Tertulia forma parte de la piel de la ciudad", dijo Pablo Rompe.
Entonces nació la esperanza. En el verano de 2026 se creó una asociación cultural. En el bar de la esquina se reunió un grupo de entusiastas que se transformó en el equipo fundacional. Ellos eligieron a Elena Rebora, hija de Tato, como presidenta de la Asociación Cultural Entusiastas de La Tertulia, que ya tenía una propuesta de estatutos y una introducción conceptual escrita por Tato. Se lanzó la convocatoria de socias/os y en 10 días había ya 200 inscritos. La Tertulia reabrió el 2 de septiembre, y sus primeros días parecían que se producía una confluencia de todas sus épocas pasadas junto a la nueva época que se inauguraba.
